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Sin lugar para la imparcialidad

Asistir al juicio de Alberto Fujimori resulta una experiencia que nos acerca a la polaridad total, no hay lugar para la imparcialidad ni para los terceros. Todo empieza con el acceso para observar las audiencias.

Uno debe de haberse registrado en uno de los dos grupos que pueden traer “invitados”. Las organizaciones acreditadas de derechos humanos, algunas de las cuales asesoran a los familiares de las víctimas de los casos La Cantuta o Barrios Altos, y el grupo afin a Fujimori son las únicas vías para acceder al lugar de las sesiones. Primer dilema: ¿voy como “invitado” de “los de Derechos Humanos” o “los feos” ―como en clave se refiere algun enternado de seguridad que nos recibe en la base policial de DINOES― o me voy con los fujimoristas? No hay opción, tienes que decidirte, como si los derechos humanos fuera exclusividad de algún grupo específico.



Para acentuar los polos, los que acceden por la ruta de los de derechos humanos solo pueden ingresar en grupo en un transporte contratado por las organizaciones especializadas en el tema, el que es escoltado por un carro policial desde el Estadio Monumental de la U como si en el trayecto previo de aproximadamente 30 minutos no pudiera suceder nada. Posteriormente los invitados, muchos ellos de instituciones extranjeras, hacen cola para presentar sus documentos y recibir la credencial del Poder Judicial y de allí, llevados también juntos en una van para un trayecto de 150 metros, acceder a las dos salas asignadas para el proceso.
 


La sala principal es aquella más pequeña que se ve en los videos del juicio y donde se sientan a la izquierda “los de derechos humanos” y a la derecha los fujimoristas, ¿coincidencia o premeditado simbolismo? Cada persona tiene un asiento numerado “intransferible” según las reglas. Las miradas no se cruzan entre los grupos de invitados, cero contacto ocular y mucho menos conversación entre unos y otros. No hay columna central donde sentarse, o eres “invitado” de los fujimoristas o de los de derechos humanos. Quienes velan en todo momento por el orden son el personal del Poder Judicial, un hombre y una mujer respetuosos que en todo momento están observando alguna conducta que pueda infringir alguna norma.
 


Las normas de conducta están puestas sobre los asientos bajo el título de instructivo. Está prohibido hablar, hacer comentarios, o reaccionar a lo que suceda en la audiencia. No se puede hablar. El silencio es casi sepulcral. Hay otras normas que no están por escrito pero que los vigilantes exigen cumplimiento, como cuando uno se sienta cabizbajo por cansancio.

Aquellos que sucumben a morfeo, casi inevitablemente debido a la monoritmia de los monólogos de la defensa ―me imagino igual sucedería al escuchar a la parte civil― son casi todos menos los abogados que están en la sala de audiencias: los magistrados de la sala, los fiscales, los abogados de la parte civil y de la defensa. Desde Fujimori hasta camarógrafos quedan literalmente inconscientes ante el tedio de la ponencia técnica y unilateral. Otra norma no escrita es la que prohibe leer periodicos o saludar a Fujimori como suelen intentar los fujimoristas y familiares del ex presidente, aunque no dudan en ponerse de pie cuando ingresa y se retira de la sala de audiencias, como muestra de respeto magnánimo.
 


Esa bipolaridad ya no se vive entre los protagonistas de la escena judicial. Los abogados se tratan casi con familiaridad, se saludan, sonrien, se juegan bromas. Más bien, la tensión se traslada al exterior, a la sala principal de invitados, que en los recesos eventualmente recibe la visita del abogado de la defensa que departe familiarmente con los hijos del ex presidente sobre cuestiones tan triviales como la mejor marca de papillas para el bebé de Keiko. También existe otra sala externa en una suerte de auditorio donde se ha puesto una pantalla gigante que transmite el proceso en vivo y donde las reglas se reducen a mantener un mínimo de cordura. Uno puede conversar, relajarse, tomar un café, estirarse, caminar de aquí para allá, entrar y salir.
 


Y para concluir con la experiencia, así como entramos salimos, salvo que en esta oportunidad somos despedidos por una barra de fujimoristas en estricto anaranjado que corean a voces “¡Queremos la paz y no al terrorismo!”, especialmente cuando sale el bus de “los de derechos humanos”. ¿Porqué será? No por mera coincidencia.